Plus 40
Conecta

El renacimiento de Jon

Jon aprendió, llevaba medio siglo en el planeta, que sentía mayores dosis de felicidad si manejaba adecuadamente el tiempo de que disponía cada día.

Sonaba el despertador, acudía al trabajo, desayunaba, tomaba un café…

Volvía a casa al mediodía, comía con su familia (algunas veces, otras en solitario).

Por la tarde volvía al trabajo, cuando terminaba, sobre las 20:00, de nuevo a casa; aunque a veces quedaba con algunos amigos a tomar una cerveza.

Cuando se levantaba, de nuevo, al día siguiente, y conforme pasaban los años, sentía que le faltaba energía, que el tiempo se le escapaba.

Esfuerzos reiterados por aumentar su patrimonio y sus ingresos no le faltaban.

Le faltaba tiempo para todo… la vida se esfumaba… estaba agotado.

Empezó a leer libros, acudir a charlas sobre la gestión del tiempo.

Aplicó algo de lo aprendido pero después de unas semanas nada parecía funcionar.

Después de varios años entendió que no podía gestionar su tiempo.

En realidad para disponer de «más tiempo», a quien tenía que gestionar era a sí mismo.

Asumió que tenía una «crisis de energía».

Decidió empezar un auto programa de gestión personal, con el ánimo de disponer de más tiempo para «vivir».

Determinó que tendría que abordar 4 áreas esenciales:

  1. Física
  2. Mental
  3. Emocional
  4. Espiritual

Como el asunto religioso no le iba mucho…, le costó adoptar el principio de cuidar de su «espiritualidad». Sin embargo cada vez más le aparecía como elemento importante en el quehacer humano, y especialmente en su vida.

La espiritualidad, terminó entendiendo, debía distinguirse de la religión, porque gente de todas las religiones, y de ninguna, había tenido el mismo tipo de experiencias espirituales.

Estos estados mentales que suelen interpretarse a través de la lente de una u otra religión (amor que trasciende en los cristianos, éxtasis entre los musulmanes e iluminación interior entre los hindúes, por ejemplo) no suponían para él una prueba que corroborara esas creencias tradicionales, puesto que eran incompatibles unas con otras.

Tenía que operar un principio más profundo.

El principio de que el sentimiento al que llamamos “yo” es una ilusión.

Entendió que no hay ningún yo o ego específico que viva aisladamente en el laberinto del cerebro.

Y realizó que el sentimiento de que existe (la sensación de que estamos posados en algún lugar detrás de nuestros ojos, mirando hacia un mundo que está separado de nosotros) puede alterarse o desparecer totalmente.

Al principio pensaba en estas experiencias de auto trascendencia en términos religiosos, sin embargo apreció que no había nada de irracional en ellas.

Tanto desde un punto de vista científico como filosófico representan una comprensión más clara de tal como son las cosas.

La profundización en esta forma de entender y la eliminación de la ilusión del yo es la visión personal que adoptó cuando abordó el concepto de “espiritualidad“.

Empezó a gestionar su energía abordando el aspecto físico, la esencia de quienes somos.

Centró su cambio en tres aspectos esenciales:

1- Dormir 7-8 horas. Asumió que era más importante que comer. Por ese motivo cuando no descansaba bien dormía una siesta.

2- Alimentación saludable: mantener los niveles de azúcar, hidratarse y comer todo lo orgánico que podía.

3- Actividad física diaria (repartida entre entrenamientos de intensidad y paseos por la playa).

A continuación centró su actuación en el aspecto mental.

Para ello empezó a controlar lo que entraba cada día a su cerebro (decidió dejar de ver las noticias como primera medida y aumento drásticamente su calidad de vida). Solo atendía las noticias que afectaban a su actividad.

Eliminó todas las distracciones que pudo de su entorno de trabajo.

Emprendió un programa de relajación diaria (o bien paseaba o bien se sentaba en silencio con la mirada perdida por la ventana)

Empezó a tomarse vacaciones reales.

Cuando llego el momento de afrontar sus emociones lo pasó realmente mal. No tenía ni idea de qué era eso y nunca le había prestado atención alguna.

Decidió hacer de sí mismo la máxima prioridad.

Decidió ser egoísta.

Decidió cuidarse.

Entendió que para ser altruista tenía primero que ser egoísta.

Y llegó el turno del aspecto espiritual.

Para poder sentarse en silencio, para poder disfrutar de los paseos, para que su trabajo fuese productivo adoptó el principio de que a partir de ese instante todo lo que hiciese debía tener sentido; un significado.

Tuvo que replantearse cuáles eran sus valores, su propósito en la vida.

A partir de ese instante su misión principal fue vivir en armonía, lo que hiciese externamente tenía que estar en concordancia con sus valores interiores.

A partir de ese instante simplificó su vida y eliminó todo lo que no coincidía con estas prioridades.

Después de varios meses empezó con otro problema distinto al que tenía.

Ahora tenía que buscar actividades alternativas para ocupar su tiempo, que le sobraba a raudales.

Feliz día.

Francisco.

 

Autores de plus40

Pedro Andreu y Francisco Lorenzo

Tus comentarios: